.jpg)
Lo que Churchill dio fue autoridad moral, fe en los valores y fe en la rectitud de la acción racional.
La última realidad de los años 30, que transmite claramente The end of Economic man, es la total ausencia de liderazgo. La escena política estaba llena de personajes. Nunca antes, parece, había habido tantos políticos moviéndose tan frenéticamente. Muchos de esos políticos eran gente decente, y algunos muy competentes. Pero, exceptuando a los dos “príncipes de las tinieblas”, Adolf Hitler y Joseph Stalin, todos eran patéticamente insignificantes, no eran ni siquiera mediocres. “Pero” protestará el lector de hoy, “había un Winston Churchill”. Claro está que el suceso fundamental fue la aparición de Churchill como líder de la lucha europea contra las fuerzas malignas del totalitarismo. Fue, para usar una frase churchilliana, “un giro del destino”.
De hecho, el lector de hoy se inclina a subestimar la importancia de Churchill. Hasta el momento que Churchill asumió como líder de los pueblos libres del mundo, tras la retirada de Dunkerque y la caída de Francia, Hitler se había movido con aparente infalibilidad.
Pero surgido Churchill, Hitler quedó anulado para siempre, y se perdieron su sentido de la oportunidad y su misteriosa habilidad para prever el menos movimiento de sus enemigos. El sagaz calculador de los años 30, se convirtió en el incontrolado aventurero de los años 40. Es difícil darse cuenta hoy, sesenta y cinco años después, de que, sin Churchill, los Estados Unidos habrían podido resignarse a la dominación nazi en Europa. Lo que Churchill dio fue precisamente lo que Europa necesitaba: autoridad moral, fe en los valores y fe en la rectitud de la acción racional.
La última realidad de los años 30, que transmite claramente The end of Economic man, es la total ausencia de liderazgo. La escena política estaba llena de personajes. Nunca antes, parece, había habido tantos políticos moviéndose tan frenéticamente. Muchos de esos políticos eran gente decente, y algunos muy competentes. Pero, exceptuando a los dos “príncipes de las tinieblas”, Adolf Hitler y Joseph Stalin, todos eran patéticamente insignificantes, no eran ni siquiera mediocres. “Pero” protestará el lector de hoy, “había un Winston Churchill”. Claro está que el suceso fundamental fue la aparición de Churchill como líder de la lucha europea contra las fuerzas malignas del totalitarismo. Fue, para usar una frase churchilliana, “un giro del destino”.
De hecho, el lector de hoy se inclina a subestimar la importancia de Churchill. Hasta el momento que Churchill asumió como líder de los pueblos libres del mundo, tras la retirada de Dunkerque y la caída de Francia, Hitler se había movido con aparente infalibilidad.
Pero surgido Churchill, Hitler quedó anulado para siempre, y se perdieron su sentido de la oportunidad y su misteriosa habilidad para prever el menos movimiento de sus enemigos. El sagaz calculador de los años 30, se convirtió en el incontrolado aventurero de los años 40. Es difícil darse cuenta hoy, sesenta y cinco años después, de que, sin Churchill, los Estados Unidos habrían podido resignarse a la dominación nazi en Europa. Lo que Churchill dio fue precisamente lo que Europa necesitaba: autoridad moral, fe en los valores y fe en la rectitud de la acción racional.
ACTIVIDAD SUGERIDA: Registre los valores operativos clave de su organización. Compárelos con los que abrazan sus líderes. Recomiende medidas para alinear los valores que se abrazan con los que operan y producir así la acción correcta.
A functioning Society
Comentarios
Publicar un comentario